07
- March
2018
Posted By : Barrett Luke  
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Desvestirse anuncios de gigolos

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Amputación de cuerpos y de almas. Las de los que fueron asesinos. Las de quienes andaban repitiendo una y otra vez: Materialmente, el desastre era también incalculable. Aparte la expoliación de las reservas de España y las deudas que satisfacer a Alemania e Italia, el país había quedado convertido en solar y se tardaría mucho tiempo en restablecer los medios de comunicación.

Los trenes, despanzurrados; las carreteras, intransitables; los puentes, hundidos. Franco parecía dispuesto a adoptar como se adopta a un hijo, como los Alvear habían adoptado a Eloy, una lista de ciudades y pueblos que habían sido borrados del mapa, con la promesa de reconstruirlos "alegres y sonrientes": Madrid, Brunete, Belchite, y tantos y tantos.

El periodista Bolen había dicho: Los 'rojos' se habían ocupado de suprimir, en su zona, a la clase burguesa y dirigente; los 'nacionales' habían hecho lo propio en la suya con un amplio sector de la masa trabajadora, o la habían encarcelado u obligado a exiliarse, a repartirse a voleo por el mundo. La situación sería difícilmente remontable. Tal vez se produjera el milagro.

Pero ello no era seguro, ni mucho menos. La juventud ha quedado truncada, marcada para siempre. El que había empujado a los gerundenses a reunirse en la Catedral para cantar el Te Deum. Las palabras Religión y Patria, que durante la contienda habían saltado de monte en monte y se habían arrastrado por las vaguadas, no parecían tan desprovistas de contenido o tan faltas de garantía de continuidad como hubieran podido sospechar los componentes de la Logia Ovidio.

Unidad cimentada sobre dos pilares: Unidad de millones de españoles que creían que Dios amaba a España con amor de predilección, de lo cual era prueba concluyente la victoria alcanzada por quienes combatieron enarbolando a la par la bandera nacional y el crucifijo. Mesianismo contra la Rusia Soviética primero, y luego contra las "podridas democracias" de que hablaba 'La Voz de Alerta' cada día en el periódico.

La antigua Iberia había gritado: Y ahora el mundo tendría que agradecérselo, a la corta o a la larga. Porque una cosa no ofrecía la menor duda: El sentimiento de orgullo era fuerte, intenso.

La gesta podía compararse a la de Colón, a la Reconquista y a la victoria contra los turcos. De ahí que existiese el proyecto de invitar a todos los municipios de España a que regalasen a Franco una espada conmemorativa, réplica de la del Cid. Si acaso, tal actitud podía parangonarse en un orden simbólico con la del Japón, donde también desde siglos se habían unido y solidificado los conceptos de Dios y de Emperador. Por supuesto, la responsabilidad de semejante planteamiento era enorme y parecía exceder a las posibilidades humanas.

Pero el mar colectivo de fe y de esperanza ahogaba cualquier titubeo, como la adolescencia del Ferrete había quedado ahogada en el frente de Aragón. Tales palabras significaban el espaldarazo concluyente a las que Franco pronunciara en Afirmación en la que iba implícita la seguridad de que la trayectoria de la paz sería tan gloriosa como lo fue la de la guerra. El Ejército, la Iglesia, el Partido y la Autoridad Civil se adueñaron de la población y de la provincia, de acuerdo con los principios establecidos.

Estos cuatro instrumentos de poder trabajarían comunitariamente, en contacto continuo, para llevar a feliz término "el mandato de los muertos". Al mes escaso de haber terminado la guerra, las jerarquías depositarías del Nuevo Orden ocupaban ya sus puestos.

Tenía cincuenta y dos años de edad y era oriundo de León, donde su padre, fallecido antes del Alzamiento, había ejercido de oftalmólogo. Bajito de estatura, de cuello corto, era enérgico y poco sentimental. Hablaba tajante y tenía una hermosa voz.

Hubieran podido llamarlo "el insobornable". No admitía apaños y predicaba siempre con el ejemplo. Cuantos habían servido a sus órdenes guardaban de él un grato recuerdo. Su coronel ayudante, el coronel Romero, dividía los generales en dos clases: La muerte de un soldado le dolía como una mutilación y, debido a su prodigiosa memoria, se acordaba de los nombres y apellidos de muchos de ellos, a los que gustaba de sacar motes.

A su asistente lo llamaba Nebulosa, debido a que el muchacho, cuando abusaba del aguardiente veía turbio y parecía andar a tientas. Llegado a Gerona, se comportó a tenor de su temperamento. Su primer acto de servicio fue ordenar el adecentamiento de los cuarteles, que las "hordas" habían dejado hechos un asco. Luego subió a lo alto del Castillo de Montjuich, contempló a Gerona en la llanura, los campanarios y los tejados, y murmuró: Hay aquí mucho que hacer…" De regreso al cuartel dirigió una proclama a la población advirtiéndole que estaba dispuesto a cortar de raíz cualquier intento de sabotaje: El notario Noguer y 'La Voz de Alerta', que se habían convertido en sus mentores y que lo acompañaban por todas partes con una mezcla de orgullo y timidez, advirtieron muy pronto que el gobernador militar que les había tocado en suerte era hombre de ideas precisas, dispuesto a avanzar en línea recta, y sospecharon que prefería la acción a la cultura.

No me sorprende que los franceses cayeran aquí como moscas". En efecto, resultaba difícil hablar con él de cuestiones no militares, aunque pudiera muy bien atribuirse a la proximidad de los acontecimientos.

Por supuesto, se negó rotundamente a ir al cementerio a rendir honores póstumos al comandante Martínez de Soria, alegando que la decisión de éste de rendir Gerona a los milicianos fue injustificada y cobarde. No, no, la obligación del comandante Martínez de Soria era defender esto a toda costa".

Estimó que las dotes de mando de aquel recio castellano garantizaban que el inicio de la paz, siempre difícil, contaría con un buen puntal.

También le agradaba que fumase en pipa. El notario había llegado a la conclusión de que los hombres que fumaban en pipa acertaban, en los momentos de crisis, a dominar sus nervios. También le gustó que comiera el mismo rancho que los soldados. La mesa de un general no ha de ser nunca la mesa de un soldado". La pregunta sonó como un disparo en la Sala de Armas, donde el gobernador militar y sus mentores se hallaban reunidos.

El general se atusó el bigote, blanquecino, y echó una mirada al enorme mapa de España que cubría la pared. El general se explicó, pues no quería equívocos.

Sabía lo que Cataluña valía y significaba. No iba a cometer la torpeza de minimizar aquella tierra ilustre, laboriosa y amante del estudio.

Pero le molestaba el problema separatista. He tenido a mi servicio varios oficiales catalanes y doy fe de que cumplieron como los mejores. Sí, hay algo, hay algo que no acaba de encajar… Apenas entré en Lérida me di cuenta de que entre ustedes y el resto de la nación existe una diferencia. Y lo demuestra el hecho de que hablan ustedes otra lengua. Ésta era la clave de la cuestión.

El general no ocultó que el asunto del idioma lo sacaba de quicio. Por su parte, a gusto acabaría de un plumazo con semejante anomalía y se congratulaba de aquellos letreros -que tanto soliviantaban a mosén Alberto- y que decían: El notario Noguer no se arrepintió de su intervención, ya que prefería saber a qué atenerse. Pero decidió cambiar de tema.

Le preguntó al general si era cierto que le interesaba la Astronomía y el general contestó que sí, que lo era. Podía decirse que aquélla era su distracción favorita. El notario Noguer, que había vivido la guerra desde lejos, desde Francia, valoró debidamente el inciso y aprovechó la oportunidad para sonsacarle al general varias opiniones respecto al desarrollo de la contienda. Ahí el gobernador militar se despachó a gusto, mientras se paseaba con los brazos a la espalda.

Preguntado sobre la acción heroica que tenía en mayor estima, declaró: Tengo un hijo y puedo juzgar debidamente el sacrificio del general Moscardó". Preguntado sobre la clase de tropa que mejor comportamiento había tenido a lo largo de la campaña, contestó: Pero, puesto a elegir, elegiría los Tercios de Requetés, que han estado insuperables". La presencia del general inspiró a los gerundenses un respeto casi supersticioso.

Su biografía empezó a ser conocida. El hecho de que hubiera dirigido victoriosamente varias batallas lo convertía casi en un mito; el hecho de que en esas batallas muchos hombres hubiesen encontrado la muerte, añadía a la circunstancia un sabor amargo. La gente no acabó de conectar con él, si bien es cierto que tampoco el general lo pretendió. No era su intención hacerse popular entre la población civil. Todo lo que ocurriera fuera de los cuarteles se le antojaba un poco ajeno.

Visitó la frontera, el Castillo de Figueras, restos de baterías instaladas en la costa. Se hizo una composición de lugar.

Se interesó especialmente por el Parque Móvil y por mantener en buen estado las líneas de Transmisiones. No cabe la menor duda. No comprendo que hubiera aquí tantos anarquistas.

Tuvo el presentimiento de que se pasaría en Gerona una larga temporada… precisamente porque la zona, fronteriza y alérgica a la disciplina castrense, era difícil. Siempre le encomendaban misiones espinosas, lo que no dejaba de halagarlo, puesto que veneraba al Caudillo y estaba dispuesto a dar por él la vida. Ahora bien, ello lo obligaba a acondicionar su vivienda en el propio cuartel -el general era friolero y quería estufas en todas partes- y a traerse cuanto antes a su mujer, conocida por doña Cecilia y que a la sazón se encontraba en Madrid.

Ordenó al coronel Romero que le enviase un telegrama pidiéndole que se trasladase a Gerona en seguida, pues la necesitaba a su lado. Pero no estaba seguro de que sus gestiones al respecto dieran resultado. El general quería a su mujer. Se habían conocido de niños, en León. A los doce años ya flirteaban… y hasta ahora. Doña Cecilia había sido una compañera fiel que había soportado los mil inconvenientes de la vida militar sin protestar nunca.

El clima africano y "el olor moruno" asfixiaban a doña Cecilia, quien no cejó hasta conseguir que su marido fuera devuelto a la península. También a doña Cecilia el general le había sacado un mote.

Calculó los litros de gasolina que su mujer gastaría en el viaje. Doña Cecilia tenía sus pequeños caprichos: La Prensa publicó la noticia. El nuevo obispo de Gerona, el representante de la Iglesia en la ciudad, había sido nombrado. Se llamaba Gregorio Lascasas. Canónigo de la Seo de Zaragoza, el nombramiento lo pilló desprevenido. Nunca había soñado en ser elevado a tan alta dignidad. Sin embargo, el hecho no le desagradó.

El doctor don Gregorio Lascasas preparó en seguida su viaje. Llevaría consigo a un joven sacerdote, mosén Iguacen, que era diligente y que conocía su manera de hacer.

Siempre decía que le agradecía a Dios que le hubiera enviado semejantes pruebas. Por si fuera poco, la guerra civil lo había también herido en la carne. Perdió a una hermana suya, monja en un convento de Huesca.

Asimismo murió, en el frente, uno de sus sobrinos; una muerte ejemplar. Apenas si le quedaba familia, pero no renegaba de la soledad. Mosén Iguacen, que iba a ser su amigo y su familiar, mientras preparaba sus maletas escuchaba estas sentencias del nuevo obispo con una mezcla de admiración y de temor. Porque él era de talante quebradizo, extremadamente afectivo y desde el primer momento se preguntó si estaría a la altura de las circunstancias. Siguiendo una inveterada costumbre, pese a ser él hombre austero por naturaleza, entró en coche descapotado y bajo arcadas de flores que adornaban todo el recorrido.

Colgaduras en las fachadas, palmas, cohetes e incluso palomas mensajeras, traídas de no se sabía dónde. Y, por supuesto, el profesor Civil y su mujer, en el balcón.

Y la viuda de don Pedro Oriol en el suyo. Matías Alvear, a su lado, intentaba calmarla y le decía, sonriendo: El prelado siguió su marcha por la calle de las Ballesterías y se dirigió a San Félix, en cuya iglesia, limpia ya de chatarra y basura, penetró para implorar el auxilio del patrón de la ciudad, San Narciso, cuyas reliquias habían sido profanadas.

Luego se dirigió a la Catedral, abarrotada como el día de la entrada de las tropas, y allí, rodeado de todas las autoridades, inició, como era de rigor, el canto del Te Deum, canto que fue coreado por la multitud.

Finalmente, siempre acompañado por mosén Alberto, que había ido a esperarlo al término de la diócesis y que se había constituido en su lazarillo, dirigióse a tomar posesión del Palacio Episcopal, cuyos enormes salones vacíos recorrió a buen paso comentando: El nuevo obispo se arrodilló ante el retrato y rezó fervorosamente para que el cielo bendijese su labor. El doctor don Gregorio Lascasas, esforzado pastor de la grey gerundense, desplegó desde el primer momento tal actividad que su figura, alta y ascética, con un mirar iluminado que contrastaba con su complexión atlética y con sus heredadas manos de campesino, se hizo muy pronto popular.

Su tarea era, desde luego, tan ingente que concederse un minuto de descanso le hubiera parecido un pecado. Por suerte, a sus sesenta años cumplidos se sentía fuerte como un roble, excepto cierta propensión a resfriarse, sin apenas resabio de las dolencias que lo aquejaron en la juventud. Cuantos los rodeaban se dieron cuenta en seguida de que el nuevo obispo era hombre metódico, tenaz y amante de las fichas y de las estadísticas.

Tareas urgentes… La principal, encauzar debidamente la vida espiritual de las almas que le habían sido confiadas, almas que a lo largo de casi tres años no habrían vivido otro clima que el del ateísmo, sin poderle oponer siquiera, salvo en casos excepcionales, la insustituible gracia de los sacramentos. La mayoría de sacerdotes y religiosos de la diócesis habían sido sacrificados, y destruidos casi todos los templos. El nuevo obispo, pensando en esto, se dirigía a los ventanales que daban a la Plaza de los Apóstoles y se quedaba plantado allí, respirando hondo.

Lo estimulaba ver erguirse desde su base el campanario de la Catedral. Aquella flecha pétrea apuntaba al cielo y era símbolo de eternidad. Algunos sacerdotes deberían ocuparse, en el campo, de varias parroquias a un tiempo y en los conventos, sobre todo en los dedicados a la enseñanza, resultaría imposible completar la plantilla. En cuanto a las nuevas vocaciones, si es que llegaban -mosén Iguacen afirmaba que sí, que llegarían, en virtud de la llamada de la Gracia, presente siempre después de las persecuciones-, tardarían años en formarse y convertirse en sacerdotes.

Una boda puede arreglarse en quince días. Significarían para mí una ayuda inapreciable… San Ignacio los marcó con el signo de la eficacia. Sin embargo, la tarea sería también lenta y costosa.

Mosén Alberto, al oír esta frase se estremeció, por cuanto también él se había formulado mil veces la misma pregunta. Tal vez Zaragoza me eche una mano.

Bueno, eso lo dijo sin demasiada convicción. Zaragoza había sido siempre "nacional" y era difícil que allí se hicieran cargo de lo que fue realmente la zona 'roja'. Él mismo se había llevado la mayor sorpresa, pese a haber leído innumerables descripciones de lo que en ésta había ocurrido.

La gran ventaja del nuevo obispo, doctor Gregorio Lascasas, era su indiscutible sinceridad. Su alma era fuerte como una roca, sin fisuras. Todos sus actos, todos sus pensamientos y todas sus palabras respondían a un sistema de creencias que parecía haber madurado, como algunos metales y como algunos líquenes, a través de siglos. Era también hombre de oración. A diario se imponía sacrificios, sobre todo contra su tendencia a la cólera y a la gula, y el primer decreto que pensaba firmar se referiría a la obligación de guardar ayuno y abstinencia en todos los hoteles y fondas de la diócesis en los días de vigilia.

Por añadidura, y completando el cuadro, era hombre de estudio… De hecho, hubo un tiempo en que el santo varón aragonés prefirió el silencio abisal de la Teología a enfrentarse directamente con las almas. Pero tuvo que renunciar. En él había encontrado siempre el consuelo necesario y seguro que encontraría también la necesaria fortaleza. El doctor Gregorio Lascasas, ante el torbellino de responsabilidades que le había caído encima, se acordó del sempiterno consejo que le diera el anciano canónigo que, en Zaragoza, fue durante años su director espiritual: El amor lo puede todo.

He ahí el dilema. Por que, en el libro de los Salmos podía leerse: La desventaja del doctor Gregorio Lascasas era ésta. Antes que todo, sumisión a la Santa Madre Iglesia. Se las entregó a Pedro y fue éste el primer apóstol al que lavó los pies. Por otra parte, no podía olvidar que Gerona estaba muy cerca de Francia… La diócesis entera era tierra de misión. Así, pues, la conclusión caía por su peso. Amaría a las personas, pero perseguiría al pecado. Y desencadenaría una propaganda masiva en favor de la religión, movilizando para ello todos los medios a su alcance: Los partidarios de recluir la Iglesia a las sacristías eran, o bien fariseos, o bien tontos de capirote.

Y que al final, se producen muchas conversiones…. El doctor Gregorio Lascasas, al oír esto, tuvo un acceso de tos. Un mes después de la triunfal entrada del doctor Gregorio Lascasas en la diócesis gerundense, todo andaba sobre ruedas. Los fieles respetaban a su pastor, aun cuando su cayado fuera nervudo. El Palacio Episcopal fue restaurado con prontitud. La instalación eléctrica funcionaba de maravilla. De pronto, El Tradicionalista publicó una noticia que provocó en el señor obispo una crisis de alegría: Mateo, pese a no haber obtenido todavía el licenciamiento militar, por lo que la estrella de alférez provisional seguía reluciendo en su pecho, consiguió ser reclamado y, por tanto, a fines de mayo había tomado ya posesión de ambos cargos.

El problema que suponía encontrar el local adecuado para las instalaciones del Partido, tuvo también feliz arreglo: Por deseo expreso, por capricho personal, Mateo quiso que la mesa de su despacho fuese precisamente la que había utilizado el ex jefe socialista, Antonio Casal.

Mateo afirmaba repetidamente que la Falange demostraría que se podían implantar las irreversibles conquistas del socialismo sin necesidad de armar al pueblo, ni de sacrificarlo todo a los esquemas económicos, ni de negar que el gallo cantó tres veces.

En primer lugar, debía organizar las jefaturas locales, constituir una red coherente. El empeño sería ingrato y, en parte, irrealizable, pues era evidente que no existía un hombre idóneo, un falangista cabal, para cada uno de los pueblos de la provincia.

Había en ésta pueblos cuyos habitantes no tenían todavía idea de que los puntos de Falange fueran veintiséis y de lo que significaba el color azul. Al respecto no olvidaría nunca lo que ocurrió en Darnius, localidad próxima a Figueras, el día de la liberación. Los darniuenses se concentraron en la plaza y al oír el Cara al Sol que, extendido el brazo, cantaban los 'nacionales' desde el balcón del Ayuntamiento, supusieron que se trataba de alguna canción regional singularmente bienquista por los soldados, por lo que al término de ella aplaudieron y gritaron: Luego, Mateo debía atacar.

En consecuencia, abrigaba serios temores de que, si la Falange no estaba alerta, fracasara en su anhelo y, pese a sus flechas y a su entusiasmo, se apoderaran de la victoria los banqueros y los terratenientes. Mateo, hablando con Marta, quien compartía sus recelos, le había dicho: Su padre, don Emilio Santos, le decía a veces: Era el pisar fuerte de Mateo y la manera peculiar, victoriosa, con que el muchacho erguía la cabeza.

Antes sus ojos eran exclusivamente negros. Ahora, como si se hubieran cansado de muerte, tenían irisaciones verdes. Mateo no quería oír hablar de "majaderías de ese tipo", pero las irisaciones verdes de sus ojos eran una realidad. Pero a veces me dan un poco de miedo". Los hombres, al llegar de la guerra, dan siempre un poco de miedo". El piso de Mateo en la plaza de la Estación, el piso del que se incautara, en tiempos, el trotskista Murillo, había sido reamueblado con severidad, pero pintado con colores alegres.

El sosiego en este piso hubiera sido absoluto a no ser porque la nueva criada, Trini de nombre, sustituía de aquella Orencia que por cien pesetas denunciaba a un cura, se pasaba el día cantando folklore andaluz. Y, sobre todo, a no ser porque la desaparición del hermano de Mateo, en Cartagena, se había confirmado definitivamente, y porque don Emilio Santos estaba muy delicado de salud, de resultas de su estancia en la checa de Barcelona.

Aparte la hinchazón de las piernas, tan enormes que parecían polainas, don Emilio Santos padecía una de las enfermedades características de la desnutrición, enfermedad llamada "mal de la rosa", con placas encarnadas en distintas zonas del cuerpo, cuya piel no soportaba los rayos solares.

Con que por las mañanas me acompañes en coche a la Tabacalera y por las tardes a casa de Matías, me basta. Adelante con la Falange…. En su primera alocución a los gerundenses dijo: También, naturalmente, cortaría de raíz cualquier conato de especulación. El ideal del Movimiento es conseguir un reparto equitativo de la riqueza". Asimismo hizo saber a la población que dedicaría los mayores esfuerzos a solucionar el problema alimenticio.

Hemos venido a traeros la norma, pero también el pan". Poseía el arte de decir las cosas de forma sencilla y poética, sin renunciar a los golpes de efecto. De ahí que en sus peroratas llamara a los muchachos de las Organizaciones Juveniles "los rapaces" y a las chicas de la Sección Femenina "esas guapas de azul". Todo el mundo hablaba de él. Se presentó de improviso en Auxilio Social y se sentó a comer con las mujeres y los niños allí recogidos….

Seguidamente, anunció que su despacho estaría abierto para todo el mundo que le solicitara audiencia, sin distinción de matices sociales o políticos. Sólo exigía una cosa: Que no le tendieran trampas ni intentaran jugar sucio, porque en ese caso se mostraría implacable, como si la guerra durase todavía. Su formación jurídica, de licenciado en Derecho, le confería rigor y precisión. Debemos colaborar todos a hacernos la vida agradable.

En consecuencia, le convenía una cura de reposo mental. Unos cuantos que pensaran por todos, y eso bastaba. Y ello había de durar cinco, diez, quince años… Hasta que la desintoxicación fuera palpable. La labor era sutil y entrañaba serios peligros, entre los que no era el menor el de la monotonía; pero no había otra salida. Miguel Rosselló, a quien precisamente intimidaban las personas que se expresaban con naturalidad, contestó:.

Lo que la gente quiere son hechos, realidades. La gente quiere carreteras, buenos trenes, embalses. Si les damos eso, todos contentos. Miguel Rosselló hizo un gesto que significaba: Hay que ofrecerles también diversiones.

Mucho cine y campos de deportes. Y conseguir que hagan muchas romerías a las ermitas de la comarca. Por fin se decidió a efectuar los primeros nombramientos. Al profesor Civil lo nombró Delegado de Auxilio Social, pues necesitaba para este cargo, en el que se manejaba dinero abundante, una persona honrada a toda prueba. Después de pensarlo mucho se decidió por 'La Voz de Alerta', en sustitución del notario Noguer, quien parecía un poco fatigado.

De momento, ello bastaba. Tal vez por eso desde el primer momento me he sentido en Gerona como en mi propia casa. El Gobernador, apenas hubo pisado la ciudad y realizado un par de excursiones por los alrededores, comentó: Por otra parte, le gustaba que la provincia fuera fronteriza, pues el asunto de los exiliados le interesaba sobremanera.

Las perspectivas eran, pues, halagüeñas. Un hecho lo preocupaba: Su esposa, santanderina como él, tenía cuarenta años y era muy elegante, con unos ojos azules que se habían ganado por derecho propio un lugar preferente en el corazón del Gobernador. Pablito, que acababa de cumplir 29 los quince años, y Cristina, que iba por los trece. Dos hijos que eran, cada cual a su modo, un primor.

Pues bien, María del Mar, al término de la guerra, le dio la gran sorpresa: Le confesó llanamente que no le gustaba que él se dedicara a la política.

Aquellas palabras eran extrañas, habida cuenta de que María del Mar sentía por la Causa "nacional" tanto entusiasmo como el propio Gobernador.

Pero ahí estaban, como espinas diminutas. El Gobernador se tranquilizó… a medias. Quería mucho a su esposa. Se casó con ella en la capital montañesa, en , y desde entonces no conoció otra mujer.

Claro que podían influir en ellos muchos factores: Sí, María del Mar vivió siempre sometida a fobias inexplicables. Por ejemplo, la asustaba el viento. Cuando soplaba el viento se excitaba lo indecible y si era de noche se apretujaba contra el cuerpo de su marido en busca de protección. A mayor abundamiento, el caserón del Gobierno Civil en que les tocó vivir le desagradó profundamente.

La vivienda estaba situada en el tercer piso y era en verdad poco confortable. Arregla esto a tu gusto. Pon lo que quieras. Vamos a instalar calefacción…. María del Mar asentía, pero aquella vivienda no podría agradarle nunca, entre otros motivos porque la mujer detestaba el polvo y allí no habría manera de luchar contra él.

No sólo porque Cristina y Pablito eran dos notas alegres dondequiera que se encontrasen, sino porque se dio la circunstancia de que a ambos les gustó Gerona. A Pablito, que tenía su mundo, le gustó por sus callejuelas y por su halo de misterio. En cuanto a Cristina, le gustó porque la ciudad era pequeña. Ya todo el mundo nos conoce. Cristina era de suyo vanidosilla y saberse "la hija del Gobernador" le bastaba para acariciarse con delectación las rubias trenzas.

El Gobernador, vista la reacción de Pablito y Cristina, se mostró optimista. Confió en que, con su ayuda, María del Mar conseguiría superar la crisis y volvería a ser para él el gran consejero y la entrañable compañía que siempre fue.

Y las barcas tienen nombre de mujer…. Al tiempo que luchaba con esa imprevista dificultad, el Gobernador consiguió resolver airosamente la siempre delicada tarea de conectar con aquellos a quienes había empezado a llamar sus colegas: Su primera entrevista con el doctor Gregorio Lascasas resultó modélica y dejó las cosas bien sentadas.

Tuvo lugar en el Palacio Episcopal. El obispo, por su parte, se enfundó su mejor sotana y abrillantó su pectoral y su anillo hasta conseguir que despidieran ascuas.

El acuerdo entre ambas jerarquías no tardó en llegar. En todo cuanto afectase a la Religión, el Gobernador Civil obedecería al obispo sin pedir explicaciones. En todo cuanto afectase a la Patria y a la vida de los ciudadanos, el obispo obedecería al Gobernador sin decir esta boca es mía.

Se celebró en los cuarteles de Santo Domingo, y en el pecho de ambas autoridades relucían muchas medallas. El general invitó al Gobernador a una copita de Jerez y, después de evocar las circunstancias de la toma de Santander y de hacer grandes elogios de su asistente, Nebulosa, del que dijo "que durante la guerra se tomaba a chacota la metralla enemiga", habló de las dificultades que sin duda habría que vencer para evitar interferencias en las labores de mando en la provincia.

Gerona, en aquellos meses de abril y mayo, tuvo de ello pruebas manifiestas. Un desfile, en fin, de fórmulas representativas, que iban a configurar lenta e implacablemente la nueva experiencia vital. Debido al desenlace de la contienda, algunas de estas palabras colocaron a los Alvear, que militaban entre los vencedores en condiciones de superioridad.

Los Alvear pasaron a ser, pues, seres privilegiados. No podían olvidar, por supuesto, lo bien que con ellos se portó Dimas, de Salt; y que su sobrino José pasó a Ignacio a la España "nacional"; y que Julio García estuvo siempre a su lado y salvó a don Emilio Santos; y que incluso 'rojos' desconocidos los favorecieron en alguna ocasión.

A tenor de estos hechos abrieron la puerta, lo mismo en Telégrafos que en casa. Y, por supuesto, Carmen Elgazu logró también que su hermano Jaime, el gudari, detenido en el Norte, se reuniera por fin en Bilbao con sus hermanas Josefa y Mirentxu y con la abuela Mati. Pilar, tal vez influida por Mateo, dijo de pronto:. Matías Alvear, que pensaba de continuo en la situación en que se encontraba su familia de Burgos, era el que con menos esfuerzo estaba siempre dispuesto a socorrer y no le cabía en la cabeza que tanta gente desaprobara su actitud, que personas como las hermanas Campistol, que mascullaban jaculatorias todo el día, o como Marta, o como la viuda de don Pedro Oriol, se mostraran tan inflexibles.

Era raro que obtuviera asentimiento. Lo corriente era que la gente se dedicara a denunciar, acción moralmente arriesgada, dado que la mayor parte de los verdaderos responsables se habían marchado a Francia. Uno de los que mayormente censuraban la buena fe de Matías era precisamente don Emilio Santos, su entrañable amigo, quien hacía gala de una agresividad insospechada en un hombre sereno como él.

Don Emilio Santos repetía una y otra vez el mismo sonsonete: Matías Alvear oía estos argumentos, pero se mantenía firme, en su actitud, lo cual no significaba que el éxito coronara siempre sus gestiones. Por otra parte, Mateo no cesaba de advertirles:. Era evidente que la advertencia de Mateo no presuponía ninguna amenaza. Sin embargo, Matías, escuchando a su "futuro yerno", experimentaba, muy a pesar suyo, una incómoda desazón. En Lérida viví esto de cerca y se lo dije sin ambages al hermano de Marta, a José Luis Martínez de Soria, quien en su calidad de teniente jurídico podría actuar de forma muy distinta a como lo hace.

Sí, es lamentable que se haya desatado esta terrible avidez de venganza. Al fin y al cabo, la guerra ha terminado ya. Incluso por elegancia podríamos dedicarnos a perdonar….

Carmen Elgazu escuchaba con emoción a mosén Alberto. Carmen Elgazu, ya antes de la guerra, cuando el sacerdote tenía aquellas discusiones tempestuosas con Ignacio, lo consideraba un hombre colmado de buenas intenciones, que luchaba consigo mismo en pos de la santidad.

Ahora tenía la impresión de que había salido triunfante de esa lucha, hasta el punto que se preguntaba muy en serio si no le pediría que accediera a ser su director espiritual. Y, por encima de todo, era un buen amigo, el mejor consejero de la familia. Por todo ello Carmen Elgazu se consideraba obligada a extremar sus atenciones con el sacerdote. He encontrado una mujer muy buena y servicial.

Me lava la ropa, cocina… y prepara el café como nadie. Pero ya saben lo que ocurre: También en eso he tenido suerte. El señor obispo me enviaría a misiones. Y la verdad es que me encuentro aquí muy a gusto. Matías Alvear y Carmen Elgazu hicieron suya la frase de mosén Alberto: Decidieron reanudar la vida familiar y personal, al margen de lo que ocurriera al otro lado de las paredes de su hogar y de Telégrafos.

Matías, en la oficina, continuaba vistiendo su bata gris y liando con voluptuosidad sus pitillos de tabaco negro, cada día de peor calidad. El ambiente había cambiado. El nuevo jefe de Telégrafos usaba como pisapapeles un cascote de metralla y el texto de muchos telegramas rezumaba ansiedad. El sustituto de Jaime, un funcionario de Vigo, llamado Marcos, "depurado" y trasladado a Gerona, le decía: Siempre ocurre lo mismo después de las guerras".

Matías se llevaba muy bien con Marcos, hombre un tanto ingenuo y muy aprensivo, que siempre andaba cargado de medicamentos y que se tomaba tres o cuatro aspirinas al día.

Matías, por su cuenta y riesgo, se fijó unos objetivos concretos y fue a por ellos, sin rodeos. El primero de esos objetivos era muy simple: Habló de ello con Mateo. Nada se le ha perdido a Ignacio en los Pirineos… Que venga y que reanude sus estudios de abogado…" El segundo objetivo de Matías fue comprar un nicho en propiedad para trasladar a él los restos de César.

Tenemos que comprar uno y trasladarlo". El tercer objetivo fue procurar resolver la situación del pequeño Eloy, del chico refugiado vasco que habían adoptado. El muchacho tenía ya diez años. Sus padres habían desaparecido en la ciudad de Guernica, y Matías lo llamaba "el renacuajo".

Era cuestión de escribir al Norte para saber si le quedaban allí parientes. Eloy era un encanto y les hacía compañía. Sobre todo, Pilar se pirraba por él… "Bueno, veremos en qué para eso. De momento, que se quede aquí". El cuarto objetivo de Matías fue reanudar cuanto antes la tertulia en su café de siempre, el ahora llamado Café Nacional.

Desde el balcón veía entrar en él a diario a su compañero Marcos y a algunos desconocidos, de los que se decía que eran también funcionarios "depurados" de otras provincias. Ésos eran los propósitos de Matías, que no había nacido ni para la guerra ni para lo que viniera después. Cualquier cumplido de Matías la hacía feliz. De ahí que, en aquel momento de reagrupación familiar, quisiera también concretar dentro de sí sus objetivos.

El primero de ellos ya lo había conseguido: Por cierto que en las horas que en ellos pasó, con la escoba en la mano, reaccionó de forma muy distinta a como lo hiciera el señor obispo. Se preguntó si debía confesarse de ello, pero Pilar la tranquilizó. Tales palabras fueron el evangelio para Carmen Elgazu. Sin embargo, deseó que los actos religiosos volvieran a tener el esplendor de antaño y se propuso aportar su grano de arena para que así fuese.

Por de pronto, aceptó formar parte del Patronato de Damas encargado de organizar las procesiones, el Mes de María, los turnos de Hora Santa, el Ropero de la parroquia, la ayuda a los sacerdotes ancianos… Y si alguna noche el Patronato de Damas celebraba una reunión y ella regresaba tarde a casa, que Matías se aguantase, él que tantas veces había votado por las izquierdas.

Mateo llegaría a ser un gran hombre, era ya un gran hombre. No obstante, Carmen Elgazu comprendía que debía obrar con tacto.

Aparte de que Pilar se lo recordaba constantemente. Mateo tiene ahora muchas cosas en que pensar. Por favor, hazme caso. Habían perdido a César, era cierto; pero respecto a eso le había llegado, gracias al tiempo transcurrido, la conformidad. Ya sólo faltaba el regreso de Ignacio para que, otra vez, volvieran a estar todos juntos, con el alegre apéndice que el pequeño Eloy significaba. Pero confiaba en que Dios la ayudaría a encauzarlo, pues su hijo era bueno.

Preparadle un sitio en el comedor". Carmen Elgazu había reemprendido en la casa el ritmo normal de trabajo, aunque con la ayuda de una 'maritornes' llamada Claudia, que iba a ayudarla dos veces a la semana. No hacía gimnasia al levantarse, como Mateo, bromeando, le aconsejaba, pero conseguía tener todos los muebles y los enseres relucientes como una custodia. Dichos muebles habían quedado tan anticuados que Matías le decía: Con la cara de Madre Abadesa que se te ha puesto, te entregarían lo que pidieras".

Carmen Elgazu se reía y se dirigía a la cocina, donde por fin había algo que condimentar. El presupuesto no alcanzaba para lujos; pero pensaba, por Navidad, empacharse de turrón. Con tal que tenga burbujas, la marca es lo de menos".

De los cristales habían desaparecido aquellas horribles tiras de papel, entrecruzadas en previsión de los bombardeos. El colchón que habían entregado "para los milicianos del frente", cuando la orden de Cosme Vila, había sido repuesto. El perchero se erguía nuevamente en su lugar, en el vestíbulo. Había algo que la preocupaba un poco: La guerra les había pegado un fuerte latigazo, pese a ser los dos de constitución fuerte.

Los periódicos hablaban de eso, de las taras que se manifestaban con retraso… Aunque tal vez todo se debiera a la edad. Matías iba a cumplir los cincuenta y cinco, Carmen Elgazu los cuarenta y siete. Los años empezaban a pesar. En cuanto a ella, aparte una evidente disminución de la vista -se preguntaba si, para coser, tendría que llevar gafas-, experimentaba alguna pasajera sensación de vértigo, lo que nunca le había ocurrido, acompañada siempre de una extraña presión en la zona abdominal.

Eran dulces escarceos, en espera de la primavera cuya inminente llegada el Gobernador le había prometido a María del Mar. Matías, el primer día que conectó, en el Café Nacional, con aquellos funcionarios "depurados" que Marcos le presentó y que en un santiamén se convirtieron en sus amigos, exclamó al regresar alegre a casa:.

Carmen Elgazu no pudo contener una carcajada. Se acercó a Matías y reclinó la cabeza en su hombro. Hogar sereno y sano… Pocos había en Gerona que se le pudiesen comparar. En muchos de ellos la guerra había provocado tensiones, distanciamientos, amargura. Los nervios a flor de piel. Su mujer se llamaba Adela, era muy guapa y al parecer su objetivo era presumir e introducirse en la buena sociedad. Matías le preguntó a su compañero: También en el vecindario se oían discusiones a granel.

Y en las tiendas. A uno de estos perros, propiedad de un panadero, le había dado por ladrar cuando veía un uniforme o una sotana. A Pilar no le pesaban los años -dieciocho-, sino que, por el contrario, le hacían circular vigorosamente la sangre por las venas. El primer proyecto de la muchacha era, por supuesto, colaborar en la tarea de levantar la Falange y España. Gracias al ejemplo de Mateo y al clima de euforia que reinaba por doquier, la palabra Patria le había tatuado con fuerza el corazón.

Por confusos resentimientos, le habían escamoteado la grandeza de España, todo lo que ésta le había dado al mundo y que, colocado hacia lo alto, tocaría las estrellas. Ahora, en virtud del esfuerzo homogéneo y del entusiasmo, sus defectos, que también los había, irían desapareciendo.

Y tal vez se recuperara Gibraltar. Para canalizar este espíritu patriótico que se había despertado en Pilar, la institución ideal era, por supuesto, la Sección Femenina, adonde la muchacha iba todos los días dispuesta a servir y al mismo tiempo a aprender.

Cabe decir que en Gerona ello comenzaba a ser una realidad. Pilar, de momento, asistía a clases de cocina y de labor. Faltaban, naturalmente, instructoras, pero Marta aseguraba que éstas llegarían pronto. En dichos comedores Pilar entró en contacto con el mundo de los ancianos, de las mujeres sin dueño y de los niños. A los ancianos los atendía con devoción especial, pues algunos de ellos eran puros esqueletos, de los que se hubiera dicho que de un momento a otro iban a licuarse o a subirse bonitamente al cielo.

Daban mucha pena, y por uno que se recuperara briosa" mente eran muchos los que daban la impresión de que su vida se truncó para siempre. Niños a los que la guerra pilló en pleno desarrollo y que llevaban el estigma de la miseria y de la soledad. Con todo, el principal proyecto de Pilar sincronizaba con uno de los formulados por Carmen Elgazu y tenía un nombre concreto: Cuando se encontraba con él, en Falange, en la calle, donde fuera, alegres campanas repiqueteaban en el pecho de la muchacha.

Pilar estaba asombrada, pues temió que Mateo, en el transcurso de la guerra, la habría olvidado o habría entregado su amor a otra mujer. Asunción le había repetido con machaconería: Y mira por dónde se produjo el milagro.

Nada de cuanto Mateo vivió en aquellos años de ausencia modificó sus sentimientos. Con ardor "convincente", ésa era la palabra. Y en cualquier sitio: Mateo venía de la guerra, había bebido en cantimploras de legionario, estaba fuerte y se lo llevaba todo por delante. Era natural que quisiera besar a su novia y lo era asimismo que Pilar consintiera, intuyendo que de otro modo perdería al ser que amaba.

Era un juego agotador que probablemente no terminaría hasta el día en que se vistiera el traje de novia y se acercara al altar. En resumen, Pilar era una muchacha hermosa, muy mujer. Debido a su juventud y a su talle, la camisa azul le sentaba mucho mejor que a las camaradas de busto opulento.

Por el contrario, Carmen Elgazu la reprendía: A lo que Pilar respondía: La mejor amiga de Pilar seguía siendo, sin discusión, Marta. Podía decirse que no tenían secretos entre sí. Tan pronto se reunían en casa de Marta, procurando que el hermano de ésta, José Luis, no estuviese allí, pues las intimidaba un poco, como se citaban en el cuarto de Pilar, en el cual, cómodamente sentadas en la cama, hablaban de lo divino y lo humano hasta que una de las dos gritaba de repente: Una sombra en la felicidad de estos coloquios: Pilar no estaba segura de que Ignacio sintiera por Marta lo que ésta por Ignacio.

Pero Pilar conocía a fondo la inestabilidad de su hermano y a veces sentía temor, y Marta le daba un poco de pena. Marta comprendía muy bien la intención que se ocultaba tras estas palabras, pues su madre, que por fin se había decidido a salir de Valladolid y a reunirse en Gerona con sus hijos le decía muchas veces aproximadamente lo mismo. Pero la chica, jefe provincial de la Sección Femenina, no sabía qué hacer. En el fondo se quedaba un tanto desmoralizada, por creer que la coquetería no era algo que dependiera de la voluntad.

Pilar hacía también buenas migas con Asunción, cuyo padre había muerto. Asunción continuaba viviendo al lado de su casa y había cambiado mucho. Estaba dispuesta a ejercer el Magisterio, pero se había vuelto tan beata que convertía lo natural en conflicto. Los hombres la asustaban. Fue la mejor colaboradora de Carmen Elgazu en el barrido de la iglesia parroquial. La verdad es que me gustaría casarme y tener hijos…" "Pues chica, como sigas con esa falda negra hasta los tobillos…" Asunción, para compensar, era muy culta.

Pilar se daba cuenta de ello y se sentía apabullada. Asunción tenía un cuerpo insignificante y se había vuelto muy miope. Estaba tan celosa de Pilar, que su confesor la amenazaba con dilatados años de purgatorio si no acertaba a dominarse.

La prefiero a cualquiera de sus amigas. No sé cómo nos las arreglaríamos sin sus arranques, sin sus ganas de vivir. Se sentía feliz en casa de los Alvear. Había encontrado en ella comprensión y cariño y podía deslizarse a gusto sobre el mosaico del pasillo hasta irrumpir como una bala en el comedor. Dormía; como siempre, en la cama de César y a menudo se quedaba contemplando la fotografía de éste que había en la mesilla dé noche, sin comprender que alguien hubiera sido capaz de fusilarlo.

Pilar le había dicho que lo inscribiría para el primer turnó del Campamento de Verano que se organizaría para los "flechas", precisamente en San Feliu de Guíxols, advirtiéndole qué si por casualidad encontraba en la playa del pueblo un bañador de principios de siglo y unas calabazas, que supiera que pertenecían a la familia. Un verano fuimos allí y se le olvidaron". Cuando desaparecía de casa ya se sabía dónde encontrarlo: El objetivo del muchacho era resolver el arduo problema de cómo llamar a Matías y a Carmen.

No se atrevía a llamarlos "padres". La palabra padre era para él un misterio tan grande como para Asunción la palabra pecado. La gestión que Mateo llevó a cabo cerca del Gobernador Civil para reclamar a Ignacio, quien se encontraba cumpliendo sus deberes militares en Ribas de Fresser, dio el fruto esperado.

Ignacio, en Ribas de Fresser, al enterarse de la noticia pegó un salto de alegría y regresó al cuartel -un garaje en cuyas paredes podía leerse todavía la inscripción 'roja' "NO PASARAN"- dispuesto a abrazar a sus compañeros. Y así lo hizo. Abrazó al cabo Cajal, de Jaca, relojero de oficio. A Royo y a Guillen, quienes andaban por el pueblo como animales en celo, buscando mujeres. La pregunta obligada a cada uno de estos compañeros, y a otros muchos soldados de la Compañía, fue:. Las respuestas recibidas sorprendieron a Ignacio.

La mayor parte de los esquiadores aragoneses, que antes de la guerra cuidaban vacas u ovejas, volverían a su menester. Pero por lo menos tendréis algo que contar a vuestros hijos. Y a vuestros nietos…. Había excepciones raras, como la de un muchacho de Vich, apellidado Bayeres, que decidió dar la vuelta al mundo. Le había tomado gusto al aire libre y no se imaginaba otra vez en su pueblo, tan clerical. Se largaría a América, o a Asia. Lamentaba horrores separarse de Ignacio, pero no descartaba la posibilidad de que sus existencias volvieran a coincidir.

Porque su idea era terminar la carrera de Medicina y luego abrir consulta en alguna capital de provincia que no fuera precisamente la suya, Lérida. Déjame soñar… Déjame soñar que siento plaza en Gerona. Cacerola, al oír esto, sonrió en silencio. Él no sabía nada. No tenía la menor idea de lo que haría en el futuro ni tampoco de si España sería mejor o peor. Desde luego, que nadie le hablara de volver al campo. Tal vez estudiara algo por correspondencia: Radiotelegrafía, Correos… A lo mejor solicitaba el ingreso en la Guardia Civil.

Al entregar el fusil Ignacio recordó, con repentino sobresalto, el momento en que, emborrachado por la lucha en la llamada "Bolsa de Bielsa", disparó y vio caer a un hombre. Ahora entregaría la mitad del alma para que no hubiera sido así. García Morato, con su divisa Vista, suerte y al toro, desafió mil veces a la muerte durante la guerra, contra aviones de todas las nacionalidades. Y he aquí que, terminada la guerra, se estrella en el suelo.

Hermanos míos, queridos soldados esquiadores, no olvidéis la lección". Saltando de camión en camión, tardó unas diez horas en llegar a Gerona, debido a los puentes hundidos y a los desvíos, en los que trabajaban grupos de prisioneros. Uno de los chóferes le dijo:. A las diez de la noche llegó a la plaza del Marqués de Camps y se dirigió andando hacia su casa, hacia el piso de la Rambla. Al subir la escalera el corazón se empeñaba en salírsele del pecho. Su entrada fue triunfal.

En cuanto a Pilar, despeinó al muchacho repetidas veces, riendo y exclamando: Eloy, el pequeño Eloy, se dejó izar por Ignacio a la altura del pecho, sin llegar a comprender del todo que el recién llegado formara parte de la familia. Ignacio traía consigo… una maleta de madera idéntica a la que trajera un día su primo José.

Al abrirla, brotaron de su interior una ristra de salchichones, botes de mermelada, cartas Que había recibido en el frente, la chapa de combatiente -se la regaló a su madre- y la insignia de esquiador, que pudo escamotear y que pensaba conservar como recuerdo. Se la regaló a su padre, Matías Alvear, quien la colocó en el rincón del comedor preparado al efecto. Pilar quiso enchufarla en el acto y fue un fiasco. Matías se acarició el mentón y dijo: Ignacio entró en su cuarto, que compartiría con Eloy, y en un pedestal entre las dos camas vio una imagen de San Ignacio con una mariposa encendida.

La vez anterior, sabiendo que el permiso que le habían dado era tan corto, apenas si se fijó en nada. Estuvo pendiente de los suyos, de Marta y del desasosiego del momento.

Ahora, sabiendo que iba a quedarse, todo adquiría otra dimensión, a semejanza de lo que les ocurría en el frente cuando debían atrincherarse en un lugar determinado para pasar una temporada. Se desayunó, pellizcó en la mejilla a Carmen Elgazu y salió a la calle. Tenía una idea fija: A que le cortaran el pelo y lo afeitaran como Dios mandaba. Le hubiera gustado una barbería de lujo, pero no la había en Gerona; entonces se decidió por lo opuesto y se fue a la de Raimundo, en la calle de la Barca.

Raimundo, que seguía aficionado a los toros y que había quitado ya el cartel que decía "Se afeita gratis a la tropa", al verlo exclamó: Ignacio se puso exigente.

Parecióle que el paño caliente y el Floid acababan definitivamente con su vida de cuartel, con los colchones de crin y con los piojos. Raimundo llamaba almirante a todos los clientes 'nacionales'. Al salir de la barbería, como nuevo, experimentó una sensación de plenitud. Andando sin prisa, como si paladeara cada segundo de libertad, se dirigió a la calle Platería. Allí se entretuvo en los escaparates, compró cerillas a una vendedora ambulante y por fin subió al piso del comandante Martínez de Soria.

Su sorpresa no tuvo límites al encontrarse en él con toda la familia reunida, como si hubieran sido advertidos de su llegada: Marta, José Luis, con sus estrellas de oficial, la madre de ambos, sensiblemente desmejorada.

Ignacio, al cruzar el umbral, se había emocionado sobremanera, recordando al comandante. Los muchachos se fundieron en un abrazo salido de la entraña. Su tono era tan cariñoso que Marta no se hubiera separado del muchacho nunca.

Pero su voz era tan triste que Ignacio se estremeció. Comprendió que el peso de la viudez afligía obsesivamente a la madre de Marta, a la que tenía en gran estima. Ciertamente, la consideraba una gran señora. Y muchas veces pensó que si los 'rojos' no llegaron a detenerla y llevarla al paredón ello se debió, en parte, al respeto que con su sola presencia inspiraba.

A continuación, Ignacio tuvo que enfrentarse con José Luis el teniente jurídico de complemento. Y he aquí que con sólo mirarlo a la cara y estrecharle la mano se dio cuenta de que era para él un extraño. José Luis, al estrechar la mano de Ignacio, lo miró con gran curiosidad, pero se limitó a decirle: La reunión fue breve. La madre de Marta hubiera querido invitar a Ignacio a una taza de café, pero la chica se opuso. Quería estar a solas con él.

Los segundos le parecían siglos. Espera un momento, por favor…. Marta, recordando los consejos de Pilar, se fue al lavabo y se puso rímel en los ojos y se pintó de prisa las uñas. Minutos después la pareja bajaba la escalera y salía a la calle. Antes de dar este paso, preguntó a sus ahijadas sobre qué les parecería posar sin ropa y sin retoques. Pocas top han triunfado en el mundo del cine. La primera 'cove girl' chica de portada desafía a cualquier contratiempo y nunca pone mala cara.

Es lo que tiene enamorarse del hombre equivocado. Hutton nunca tuvo malas palabras para su marido tras fallecer de un ataque al corazón.

Perdí mucho, pero lo que me entregó no tenía precio", afirmó. Nunca con pieles salvajes. Hutton siempre ha sabido salir adelante. Por si las moscas, fundó su propia compañía de productos de belleza, 'Lauren Hutton Good Stuff'. Una aventura que ha sobrevivido a muchas cosas", sintetiza.

Apuntaba maneras desde niña. Me iban las cosas salvajes". Estuvo a punto de perder la vida en al coger una mala curva e intentar adelantar a Jeremy Irons, Dennis Hopper Se puso a bucear, escalar, hacer 'trekking' Pero antes de todo eso fue 'conejita' de 'Playboy'. Trabajó durante tres meses en el local que Hugh Hefner montó en Nueva York. Allí aprendió a tomar las riendas de su vida y explorar la sexualidad. Recibió clases de 'conejita' ocho horas cada día.

Aprendió todos los movimientos: En el club la llamaban 'Bunny Lauren'. Confiesa que aprendió mucho de los hombres "atendiendo mesas. Era un lugar seguro. Podía ser atrevida y flirtear porque mi uniforme me hacía sentir protegida y poderosa", confesó a la revista 'Haper"s Bazaar'.

Cuando triunfó, Hefner podía haber arruinado su carrera de haber publicado unas fotos suyas desnuda, "pero fue un caballero y no lo hizo", agradece. A la hora de explicar el regreso de modelos veteranas a la primera escena explica que a ella nunca le ha preocupado la edad.

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El juez le preguntó a Capronio: El galancete trató de tomarse ciertas libertades con su chica. El conferencista hablaba acerca de las antiguas costumbres en algunos putas megatetonas apertura de oriente. Pilar le había dicho que lo inscribiría para el primer turnó del Campamento de Verano que se organizaría para los "flechas", precisamente en San Feliu de Guíxols, advirtiéndole qué si por casualidad encontraba en la playa del pueblo un bañador de principios de siglo y unas calabazas, que supiera que pertenecían a la familia. Sacó la cabeza de entre sus ancas y le dijo con una gran sonrisa:

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